MONTE BALLESTAS
Por David Escobar Gómez
Magrina, es el nombre de una
mujer que vive sola a la entrada de un hermoso pueblo refundido en la montaña.
Ella tiene el pelo largo y muy negro, la mirada en el límite de lo triste y lo
alegre, y su andar es como si estuviera bailando cumbia antigua, pues camina
rapidito. Su piel es color cobre prieto, tiene arrugas ya marcadas en la piel
morena, no es por vieja, sino trajinada por el trabajo y las asoleadas. Puede
tener cincuenta años mal contados, porque nadie sabe qué día vino al mundo; lo
único que recordaba su madre de su nacimiento, era que ya el palo de aguacate
estaba a punto de dar su primera cosecha. Que hacía dos meses que no llovía, y
que de su cumpleaños… pues nada sabía. Bueno, si supo, lo que pasa fue que un
desgraciado día les tocó salir corriendo porque en su vereda se armó, ¡una
plomera! Que corrió la madre con Magrina en los brazos en medio de los balazos,
se fue por el lecho del arroyo seco, y fue a dar a una población de indígenas
en abandono absoluto. Quedando la nota del nacimiento en un almanaque colgado
en la puerta que dividía la cocina del comedor, y como le prendieron candela, y
como en la escapada a la carrera no más tuvo tiempo de coger la peladita que
jugaba en el patio, y en chancletas, como pudo, corrió hasta el cansancio y más
nunca pudo construir su pasado de manera calendaria.
La madre murió a los nueve días
de estar en el bohío de los ancestrales. El brujo hizo hasta donde lo
permitieron sus conocimientos de enfermedades de humanos y de las plantas para
salvarla; pero, algo le decía a la niña que la muerte la perseguía. Ese día que
murió, Magrina lloró antes a su madre. Quien dejó de existir a las seis de la
tarde en medio de un sonoro cantar de las chicharras en celo. Desde muy
temprano, la niña miraba las nubes y se derramaba en un llanto de suspiro entre
cortado. Le preguntaban por qué lloraba, y la niña no contestaba nada; salía
corriendo y abrazaba a su madre. Se calmaba; pero al salir nuevamente la nube negra
seguía encima del poblado volviendo al lastimero sonar de sus narices
mocosas con sus sobresaltos para tomar
aire, porque la adolorida Magrina presentía que algo fuerte le venía.
Durante el humilde entierro,
Magrina ya no lloraba a su madre, estaba dada a la ida de mente en un sin saber
aceptable y vago, como neblina perseguida por el calor.
Ya huérfana y en medio de unas prácticas
culturales muy distintas a las que la habían criado, se llenó de angustia, y un
día, salió a caminar por los alrededores. Se sentó sobre una piedra a
contemplar sin sintonía, es decir, con la mente vacía, pues ni se acordaba de
su madre, ni de lo que había dejado en esa horrible salida. Simplemente, miraba
sin unir a nada anterior, sea imagen establecida, simplemente era sincera con
el mundo que no conocía. Estando en esas de pensamiento, al mirar una nube, y
otra más, vio que eran dos perros que estaban en postura de ataque, no esperó que esas figuras
se movieran y regresó corriendo al bohío. El brujo la vio llegar asustada, y
que miraba las nubes con mucha atención, entonces, le preguntó:
– ¿Qué
te pasa, niña?
– Que
algo malo va pasar –dijo la menor entre tímida y asustada.
– No
tenemos pistas de eso…ve a ayudar a la cocina.
La niña obedeció. Pero al rato,
salió otra vez a caminar, pero no para regresar. Caminó tanto, que la cogió la
oscuridad de la noche en pleno bosque.
Esa misma tarde, en el pequeño
poblado de bohíos, una avalancha arrasó con todo.
El brujo del grupo, y jefe en el
mando, después de socorrer a los afligidos se desesperaba más al no saber el
paradero de esa niña, que sin ser de su sangre, sí le reconocía sus adelantos
premonitorios. No encontró nunca a Magrina, como tampoco a tres niños y dos
ancianas. La avalancha los había
arrastrado y sepultado
.
– Esa
niña leía las nubes –le dijo a su hermano menor y agregó –debimos encontrarla
con vida, ella me advirtió y no le quise creer. ¡Qué cosa! A lo mejor, al saber
ella lo que iba a pasar, salió a tiempo y deberá estar viva en alguna parte.
Mientras tanto, ya muy lejos,
caminaba con un rumbo fijo una criatura femenina, si es que se puede decir que
iba derecho a perderse en la montaña. Siempre hacía adelante, mirando las nubes
iba Magrina; pero para nunca regresar, de eso estaba más que segura. Comía guayabas
silvestres que las había en abundancia. La noche la pasaba en cualquier parte,
y en su libertad en medio de un mundo agreste, el ser vivo se adapta a la
lluvia y a los encantos para subsistir, así como el mico sabe que palo trepa y
el colibrí busca su nido. ¿Ver todas las noches el cielo estrellado no es acaso
un privilegio que ya muchos niños no se dan en las grandes ciudades? Sin
embargo, no quiere decir que no deben leer y estudiar como la humanidad en su
desarrollo lo ha ordenado. Una vez se comió crudo un huevo de paloma torcaza,
otra vez probó la flor de una mata de monte; inconveniente que no le agradó si
lo que había en abundancia era la guayaba silvestre; para qué se preocupaba.
Hasta que se acabó la cosecha y la niña poco a poco se fue debilitando, tanto
en salud de cuerpo, como de ilusión de vivir; no tenía a nadie en la vida, ni
cosas de valor; lo que tenía puesto, nada más. Ya casi no caminaba y se la
pasaba durmiendo la mayor parte del tiempo. El miedo lo había dejado hacía
muchos días recostado a un inmenso y gordo árbol de caracolí que era tan
grande, que por las raíces podía treparse hasta un lugar que era como una cama
fija en el pegue de dos ramas gruesas, y donde pasó mucho tiempo guarecida.
Hasta el día que se fue siguiéndole el vuelo a unas mariposas y la alejaron del
caracolí. Una madrugada, su mente se iluminó de canto, sea por un lado nada
más; pues escuchó a lo lejos el canto de un gallo; pero el eco, tal vez, hacía
el reparto sonoro de localización difuso en repetición, cual metralla lenta; no
obstante, sabía que ya podía encontrar alguno de sus semejantes que la pudiesen
socorrer. A pesar de estar perdida de la civilización por tanto tiempo, algo le
decía que no era su fin. Como en efecto aconteció a los tres meses de deambular
por los montes. Al otro día de escuchar por primera vez el canto del gallo
lejano, gravó la dirección por donde venía, pues si atendía a los siguientes
cantos, se descontrolaba al perder en lontananza su nacimiento. A los cincos
días de poner atención, no sólo supo la dirección exacta donde estaba el
emplumado, sino que era un gallo pescuesipelao jabado. Pero ya de nada le
servía el derrotero a seguir ni hacer uso de su clarividencia natural, pues ya
no tenía fuerzas para caminar. Se arrastraba como la lagartija por entre la
maleza; y ahora veía pasar los morrocoyos, tal era su incapacidad de locomoción
en hueso vivo. Para completar su desgracia, sus cabellos se enredaron en una
zarza que la tenía detenida. Era tanta su lentitud, que parecía una perica
ligera. Sus brazos era un hueso con piel, así todo el cuerpo. Una tarde vio al
venado contemplar el atardecer. Pero en otra ocasión, el tigre no podía creer
lo que estaba viendo y aturdido se perdió por donde había llegado. Culebras sí
las había, pero después que no se le ponga las de caminar encima, ellas no
hacen nada, y eso lo sabía muy bien la niña perdida en el tiempo y apartada de
los adelantos de la modernidad.
Una mañana, Romualdo Ballestas,
un campesino en coloniaje por esas montañas en plenitud de su grandeza, al
caminar por un lugar que había sido roza,
no podía comprender lo que estaba mirando. Unos gallinazos volaban en
círculo en lo alto, ya prestos a caerle
a lo que fuera. El hombre del campo sabe bien de conductas de proporción de
alimentos de animales de monte, por lo que quiso saber si podía ser que estaba
a punto de encontrar su chiva extraviada. Entonces, lo sorprendió otra cosa. Al
principio le pareció un animal; pero ya al mirar con fijeza atenida a las
suposiciones, pensó en la bruja encantada de los bosques veraneros de las que
le hablaba su abuela Inderena María Santillana. Sacó su afilado machete de su vaina
y se acercó asustado decidido a hacerle frente a un espanto. No rezó nada,
porque de esas cosas nunca creyó ser cosas de seriedad sino meras pendejadas.
Pensó en el rezo, porque lo había recordado en los cuentos de velorio; pero qué vá, lo que
veía era cosa rara. Al acercarse más, con mucho cuidado, a propósito hizo sonar
el machete sobre un tronco chamuscado. Fue entonces cuando vio la luz de unos
ojos tristes nublados y entre dormidos. Además, unos brazos que trataban de
salirse del cautiverio de una zarza malvada, pero con una lentitud que fue
interrumpida al mirar a Romualdo. ¡Si es una mujer y nada de espantos! Se dijo
para sus adentros el hombre de cuarenta y cuatro años y compañero permanente de
Froylana Felipa. Pero su sorpresa fue mayor cuando vio a una niña flaca
enredada en las zarzas. Magrina, apenas abrió su boca para reír de satisfacción.
Muchos mosquitos merodeaban en su aliento, y las lagañas apenas le permitían
mirar. Esta niña se está muriendo es de hambre. Concluyó Romualdo y la
desenredó. Se la echó al hombro y muy sorprendido la llevó a su bohío
construido al borde de la montaña donde pensaba construir su hacienda ganadera.
Froylana Felipa le dio de beber un caldo de pichón de paloma que de pura
casualidad tenía para su niña que estaba pronta a dar los primeros pasos. No le
des mucho, mija, que dicen que es malo, cucharaditas, nomá. Le dijo Romualdo a
su mujer. Ni una pregunta le hicieron, nada de eso, pues de nada servía saber
su procedencia. Estaban ante un ser que merecía un trato de socorro inmediato y
los colonos de esas cosas son más allegados a la realidad que el ciudadano
acomodado en su haberes y teneres. Mañana hay que llevarla al puesto de salud,
dijo Romualdo. Si es que no se muere, anotó Froylana Felipa mientras le
preparaba agua para limpiarla. Lo que es la vida en formación de un ser vivo en
sus comienzos: tiene la muerte cerquita; pero se recupera rápido. Ya por la
tarde, Magrina dormía como si estuviera descansando después de haber caminado
una jornada larga; pero su respiración era la de un enfermo en agonía que se
recupera entre suspiro y suspiro. Varias veces abría sus ojos negros y trataba
de sonreír. Con el pasar de las horas se
fueron las de luz y llegaron en su remplazo las oscuras y Magrina habló por primera vez. Está enferma
de la cabeza, mija. Dijo Romualdo al escuchar cosas incongruentes que salían de
ese cuerpo en crisis de hambre y abandono.
Esa noche, apenas dormían los
campesinos por estar pendientes de su protegida. Romualdo estaba convencido que
se iba a salvar; pero su mujer pensaba lo contrario; sin embargo, hacía lo que
podía para que se restableciera.
Ya de madrugada Froylana hizo
café. El aroma despertó a la enferma y miró como pidiéndolo; a lo que los hizo
entrar en discusión. Romualdo que le diera un poco, y su mujer que eso le haría
daño.
–Un sorbito no más. Suplicó Romualdo.
Pero se lo das tú, no quiero cargar con la conciencia que sea por mi culpa que
esa niña se vaya a morir, replicó enfadada Froylana.
–Ponte en su caso, mija, mira que
el día que tú no bebes café te da dolor de cabeza; ahora como será tanto
tiempo–, imploró en sabiduría el campesino. Entonces, la cuchara de palo hizo
contacto con los labios de la niña extraviada en la montaña y fue como si un
bebedizo mágico le llegara al cuerpo. Levantó su mano derecha con lentitud, la
niña, y se la llevó al centro de su frente, luego al pecho, luego tocó el
hombre izquierdo con la misma parsimonia pasó al derecho para terminar
intentando besar el dedo índice pero no lo logró, se quedó quieta después de un
profundo suspiro.
–¡Viste, se murió¡ ¡te lo dije!–gritó
Froylana increpando a su compañero en inicio de cantaleta consuetudinaria.
–Nombe, que vá, se durmió.
Concluyó suponiendo Romualdo y la calmó de una, cosa que lo complació.
Magrina seguía respirando.
Cuando apuntó el soberano astro
de luz perpetua sobre el follaje inmenso, ya estaban camino al pueblo los
colonos cada uno en su burro llevando en el anca a la socorrida. Tuvieron que
amarrarla cual bulto de leña, pues no se
podía sostener.
En el puesto de salud costó
trabajo que la atendieran, pues Magrina no tenía ninguna clase de identificación
para ser merecedora de los cuidados médicos asistenciales en urgencia
inmediata.
Hasta que una enfermera, muy
indignada dijo:
–¡ No joda! Es un ser humano, que
carnet ni que nada, pongámosle un suero a la pelá, si es que lo aguanta.
Así, se salvó Magrina. A los tres días se la trasladaron al Hospital Peña
Renhals, donde los médicos sorprendidos le devolvieron la sonrisa. “Si hubiera
sido comiendo mangos, no hubiera durado ni quince días viva, es que la guayaba, es la guayaba” Anotó un médico de
monte, sea rural. A los dos meses de
estar en el Hospital, la enfermera del Puesto de Salud donde la salvaron de
morir la reclamó y se la llevó para su
casa y la puso a que la ayudara a cuidar una cría de pavos y gallinas.
Después de eso suceso de tragedia
del campo y sus vicisitudes propias, Magrina ha llevado una vida apacible. Nunca
se ha sabido si macho alguno le ha dado amor, aunque se decía que era la
querida oculta del Teniente Jorge Swerpa
de la naval. Ahora, pasados tantos años, vive la vieja Magrina de echarle el maíz a las
gallinas, como también de leerle la
suerte a las solteronas, a las cachonas traicionadas, y a los maricas
irredentos hasta que la ley les permita vivir en condominio de sus propios
quereres.
Cuando una periodista le preguntó
a Magrina por sus poderes adivinatorios, tuvo la honradez de decirle que no los
tenía, que lo cierto era que la gente construía sus casas en mala parte, que no
respetaban la ronda de los ríos, que más que todo era un rebusque entre la
ignorancia y la pendejada de la gente. De algo hay que vivir, mijita, pues no
es que la gente sea mala, lo que pasa que así como hay desidia en el desempeño
burocrático, hay mucha gente que no está en la ronda…del trabajo. Terminó
diciendo con ceca risa frente al fogón lleno de ceniza la señora.
FIN
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