miércoles, 31 de julio de 2013



Por David Escobar Gómez
(En homenaje a la bajeza de los desempleados irredentos)
Un niño, de los de hoy, diga usted de los que están concentrados moviendo sus pulgares y su mirada fija en un aparato electrónico,  se le acerca su padre y le habla.
       ¿Cómo te  fue en colegio, hijo?
       Bien…
       ¡Te estoy hablando!
       …te estoy escuchando…
       ¿Y las calificaciones?
       …¿cuales?
       Pues las tuyas.
       …ah, sí.
       ¿Sí, qué?
       …pues que yo no califico…¡me califican!
       Bueno, soy tu padre, y quiero saber cómo te califican los profesores.
       ¿Para qué quieres saber…?
       ¡Oye! No me contestes de esa manera, pues me preocupa.
       Pero sí el calificado soy yo, papi, cógela suave…
       ¡Quiero saber!..¡carajo!
       ¿Qué ganas con saber la forma como me califican los profesores...ah?
       Porque quiero ver si estás aprovechando el tiempo, por eso, por eso, ya que te veo siempre pegado a ese aparato.
       …ah. Estás preocupado…
       ¡Pero, mírame!
       …espérate, ya acabo…
       ¡Rápido, que estoy perdiendo la paciencia!
       Por eso te dije…cógela suave…
       Ya veo, que contigo no se puede a las buenas…
       Ve, papi, no te alborotes, que eso te puede hacer daño.
       Daño me haces, hijo, si te veo pegado a ese aparato todo el día…
       … y cuando me ves salir todos los días para el colegio…¿qué?
       Si, sales caminando con el aparato ese en el manos, como un somby, que sé yo.
       Y…¿tú crees que eso pueda afectar mi comportamiento en el colegio, eso te preocupa?
       ¡Claro!
       Mira, papi, si voy al colegio todos los días y regreso, digamos que contento, pues…date por bien servido.
       No te creas tan listo, muchachito, que para eso están las calificaciones, y es lo que yo quiero saber…
       Ah, es que tú crees que todo está en esas calificaciones, ya, ya sé que es lo que te pasa…
       Te lo repito: ¡No me gusta que me hables así! Te exijo respeto.
       Bueno, estamos en franco diálogo entre padre e hijo…¿cierto?
       Sí, pero yo como padre merezco que me trates con respeto, que al menos me atiendas como yo aceptaba cuando mi padre me llamaba la atención…
       ¿Tú quieres que dirimamos este asunto en el Bienestar Familiar o ante un juez de familia?
       Te digo a las buenas…
       Bueno, qué quieres saber, a ver, habla y te digo…
       ¡Quiero saber cómo te va en el colegio, no joda!
       …uy, papi, veo que no te puedes controlar; fíjate, yo conservo, tanto la atención a lo que estoy haciendo, como la calma ante tus preocupaciones…¿te das cuenta?
       Quiero que suspendas ese jueguito…¡ya¡
       Pero me hubieras dicho desde el comienzo…¿y para qué?
       Bueno, porque uno como padre tiene la obligación moral de controlarle a sus hijos el placer, el juego, la diversión, para que no se extralimiten y sean personas de bien…
       Fíjate, ya no te preocupan las calificaciones, papi, ¿te diste cuenta?…
       ¡Claro que me preocupan!
       Nombe, que vá, si el calificado soy yo…
       Si, pero soy el que tengo que responder ante la sociedad por tu formación…
       No le pares bolas a esa vaina…y dame un billete que necesito, pues tengo que comprar unas pilas.
       ¡Que suspendas esa maricada te digo¡
       ¿Para qué?
       Para que vayas a la tienda y me compres unas cervezas, que hace mucho calor. Te tomas un guarapo…
       ¿Eso qué es?
       Hombe, una chicha, sea limonada, cualquier refresco…
       Herda, viejo, estás  en nada; ponte a lavar los platos es lo que debes hacer mientras voy a la tienda; viene mi mamá, y te arma mierdero de combate, y seguro no te deja salir y no vas a poder visitar a tu amiguita, jejeje…
Fin